La travesura como forma de lo popular

Reseña de la exposición “Juegos Urbanos” de Reverso Taller

Stiven Herrera B.

Lo popular está donde estén las historias: en el territorio, en la vida cotidiana y en la identidad de las comunidades.
— Omar Rincón.

Lo popular es una categoría esquiva; rehúye de las aprehensiones y objetivaciones teóricas y no admite definiciones operativas, esas que suelen buscar las ciencias sociales. Quizás, para abordar lo popular, la mejor vía de acceso sea la propuesta por Pablo Alabarces: entenderlo como una máquina de hacer preguntas a la cultura[1].

Bajo esta premisa, y utilizando la fotografía como medio, la exposición Juegos Urbanos de Taller Reverso interroga qué es aquello de lo popular -y de su expresión lúdica- en el espacio urbano en Costa Rica. Como se ha dicho, la manifestación de lo popular y de su juego, por su propia constitución, comporta siempre una dimensión no capturable por el dispositivo artístico. No obstante, este “exceso” de lo popular puede ser sugerido y codificado mediante ciertas metáforas. Juegos Urbanos propone, primordialmente, una: la travesura.

Lo popular es un devenir contradictorio y plural que teje su experiencia entre la opresión y la contestación; en palabras de Stuart Hall, “entre el ruedo del consentimiento y la resistencia”[2]. Lo popular no se aborda desde sus contenidos fijos ni desde caracterizaciones esencialistas; es más bien una fuerza instituyente de empujes múltiples y a menudo paradójicos, que desborda la lógica de aquello que originalmente  lo prefigura.

En este sentido, la travesura es el gesto popular que subvierte sin destruir, que juega con las normas sin necesariamente abolirlas. Es esa acción disimulada, la mayoría de las veces casi imperceptible, que introduce una fisura en el orden establecido y revela las posibilidades de un hacer diferente. Por ello, el trillo que acorta las esquinas, la pared con grafiti, los chistes, los cuerpos ilegítimos en lugares legítimos, la acción colectiva, son muestras de travesura, de pequeños desvíos por donde el deseo popular se cuela.

La travesura es el resultado inevitable de la condición de bastardía que conforma lo popular. “Hablamos de culturas bastardas cuando se reconoce que no hay purezas ni esencias: solo experiencia y relato colectivo en escena popular”, señala Omar Rincón[3]. La travesura es, así, la práctica de lo contaminado y lo promiscuo ejecutada desde el goce (como Juan Gabriel cantando en el Bellas Artes).

Así, Juegos Urbanos registra fotográficamente el fuera de lugar que conlleva toda travesura: una fuente utilizada fortuitamente para hacer ejercicio; la infraestructura diseñada para contener transformada en desafío por skaters y practicantes de parkour; un hombre con tutú en una carretera donde debería circular un auto (¿no es para eso que se piensa la ciudad?). Son ejemplos de cómo lo popular transforma los ornamentos pasivosde la ciudad en herramientas de juego. Signos visuales todos ellos de una voluntad deseante que, frente a los límites del espacio reglado, se las ingenian para alcanzar sus intereses con picardía. La travesura popular no es revolucionaria, es, más bien, un arreglo cotidiano entre el querer y sus posibilidades de realización frente al poder. Es, siguiendo a De Certeau, la “inventiva del más débil”[4].

La travesura como disfrute

Gracias a Bajtín sabemos que la plaza, el mercado y el carnaval han sido lugares privilegiados de lo popular, espacios en los que los subalternos acceden a ese “segundo mundo” donde el poder antijerárquico de la parodia y la burla encuentra expresión. En el espacio urbano, la travesura opera también como una forma de gratificación popular que articula el goce con el cuerpo, y al sujeto popular con “la vida de la parte inferior del cuerpo”[5]. (Por cierto, ¿no resuena esto con la imagen de Maradona?)

Estas fotografías testifican no un disfrute pleno ni garantizado, sino uno arrancado a contramano de la regulación, el rendimiento y la utilidad. Son gestos y maneras de estetizar que señalan una economía distinta del tiempo y del deseo: una que no se justifica por su productividad, sino por el placer mismo del hacer y estar.

El cuerpo sirve, entonces, para apropiarse del espacio urbano, para suspender las lógicas de la obediencia y habilitar un “entre paréntesis” -breve pero persistente- en el que la infraestructura urbana adquiere un uso otro, un significado otro. De nuevo, la travesura como disfrute expresa una potencia que no busca necesariamente transformar la ciudad, pero sí hacerla habitable.

La travesura como astucia

Aquí Costa Rica -y el Gran Caribe como herencia de la diáspora africana- ofrece un ejemplo privilegiado de la astucia popular: la araña Anancy [6]. En los relatos afrocaribeños, Anancy, siempre en desventaja, pequeña y frágil frente a sus adversarios, no se impone por la fuerza, sino por/a través del ingenio, el engaño y la palabra. Su poder es el de la sagacidad, la anticipación y el lenguaje estratégico. (¿Acaso no recuerda esto a la figura de Cantinflas?).

En el espacio urbano, las subjetividades populares negocian con la norma de forma similar, la travesura aparece como el artificio creativo que permite al subordinado alcanzar sus fines y sus disfrutes. Al igual que Anancy (y el Chapulín Colorado, si se me permite), los sujetos populares burlan las sujeciones y desafíosde la vida cotidiana mediante la astucia.

En este sentido, Juegos Urbanos propone mirar la astucia urbana a través de lo que James Scott denomina el discurso oculto y la infrapolítica[7]: un conjunto de prácticas que no se anuncian como resistencia abierta pero que, en su reiteración, erosionan silenciosamente la pretensión totalizante del orden.

Sin título. Jeannick Wilson..

A modo de cierre (o última travesura)

Si a lo largo de estas líneas han resonado nombres como los de Maradona, Cantinflas, el Chapulín Colorado y Juan Gabriel es porque lo popular atraviesa la geografía y la memoria sentimental de América Latina. Allí donde se abre un intersticio gozoso entre la consumo de masas y el poder de la cultura mainstream, allí emerge la travesura popular. Por ello, aunque la exposición Juegos Urbanos fija su mirada primordialmente en San José, sus ecos pueden representar también a Tegucigalpa, Ciudad de México, Antofagasta, Brasilia o cualquier otra ciudad latinoamericana. Las escenas cambian, pero la lógica persiste: cuerpos que juegan donde no toca, infraestructuras desviadas de su función prevista y un saber hacer distinto.

Otra vez, lo popular no es una identidad fija ni un repertorio cultural folclorizado, sino una práctica y una forma de narrarque persite en la pluralidad y la ambivalencia. Bien lo sabía Jesús Martín-Barbero al señalar que lo popular no se ubica en los objetos culturales, sino en la apropiación que las clases subalternas hacen de ellos, en tanto que se resignifican y las ponen a su servicio[8].

Maradona y Juan Gabriel son apenas dos figuras (contradictorias y excesivas) que supieron convertir la experiencia de lo popular en relato, pero, sobre todo, en disputa del poder. De figuras así están cubiertas nuestras ciudades, aunque no tengan nombre propio ni biografía en Netflix. Basta con salir a la calle, agudizar la mirada y, armados con una cámara, registrar estos personajes y gestos traviesos. Este es quizás el hallazgo principal de leer la exposición de Juegos Urbanos a través de la noción de travesura popular.

¡Qué siga funcionando, una y otra vez, la máquina de hacer preguntas!

Referencias:

1. ​Alabarces, P. Pospopulares: Las culturas populares después de la hibridación; Bielefeld University Press, 2021; ISBN 978-3-8394-5642-2. 

2. ​Hall, S. Notas sobre la deconstrucción de “lo popular.” In Proceedings of the Historia popular y teoría socialista, 1984, ISBN 84-7423-242-2, págs. 93-112; Crítica, 1984; pp. 93–112.

3. ​Rincón, O. LO POPULAR EN LA COMUNICACIÓN: <CULTURAS BASTARDAS + CIUDADANÍAS CELEBRITIES>. In La comunicación en mutación: Remix de discursos; FES comunicación; Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, C3 FES: Bogotá, 2015 ISBN 978-958-8677-28-6.

4. ​De Certeau, M. The Practice of Everyday Life; University of California Press, 1984; ISBN 978-0-520-27145-6.

5. ​Bajtin, M. La cultura popular en la edad media y en el renacimiento: el contexto de François Rabelais; Alianza, 1998; ISBN 978-84-206-7907-5.

6. ​Duncan, Q. Anancy y el tigre en la literatura oral afrodescendiente. Cuad. Lit. 2015, 19, 65–78, doi:10.11144/Javeriana.cl19-38.atlo.

7. ​Scott, J.C. Los dominados y el arte de la resistencia; Ediciones Era, 2003; ISBN 978-968-411-478-4.

8. ​Martín-Barbero, J.; B, M.B.M. De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía; Convenio Andrés Bello, 1998; ISBN 978-958-9089-50-7.

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