Ver gozar al amo: erotización de la muerte y régimen visual del imperialismo-fascismo contemporáneo

Afirmar que el capitalismo es -entre otras cosas- una configuración específica de la mirada es ya un lugar común. Del mismo modo, se ha escrito muchísimo sobre cómo la imagen -junto con la subjetividad- constituye un campo de operación privilegiado para la lógica del capital. 

Por citar tan solo un ejemplo, Thomas describe cómo la producción del paisaje, mediada por la perspectiva lineal de la pintura realista, separó constitutivamente al observador del lugar observado. Esta división permitió construir una objetivación de la naturaleza, transformándola en una superficie para la medición y el control ​[1]​. 

Este “régimen de visualización”, según la Escuela de Frankfurt, representó uno de los aspectos clave de la racionalidad instrumental de la modernidad: el dominio de la naturaleza por “el hombre”. ¿Qué habría sido del capitalismo sin la construcción visual de la vida natural como una mercancía al servicio de su depredación? 

Más recientemente, mucho más cerca de nuestros días, la ultravirtualización y desterritorialización del capitalismo contemporáneo sustituye la perspectiva lineal por una nueva disposición espacial: la perspectiva aérea del sujeto en caída. Videojuegos como Fortnite y la óptica de Google Street View ejemplifican esta nueva imagen desprovista de puntos de anclaje. Hito Steyerl lo dice muy bien cuando afirma que el nuevo discurso técnico-visual es el de “imagina que caes. Pero no hay tierra” ​[2]​. El sujeto devenido objeto de caída. Sin puntos de referencia, sin coordenadas simbólicas, sin legados históricos y, por lo mismo, sin contenciones discursivas; así como la palabra desvergonzada de la ultraderecha (¿casualidad? No lo sé, Rick). 

En este sentido, no habría que ser demasiado foucaultiano para entender que la significación y el uso cultural de la imagen se comprenden a partir de los aparatos de poder -y de sus efectos- que la producen; o, lo que es lo mismo, desde un ordenamiento específico que determina qué se ve, qué se oculta. Pero también, y no menos importante, desde la posicionalidad del sujeto que subyace en cada imagen, es decir, determina también la mirada desde la que se organiza este juego. En fin, como lo afirma con claridad Susan Sontag: 

 “Una sociedad capitalista requiere una cultura basada en imágenes. Necesita proporcionar grandes cantidades de entretenimiento para estimular las compras y anestesiar las lesiones de la clase, la raza y el sexo” ​[3]​.

(Aquí podría ir un par de párrafos sobre el devenir de la imagen y la cultura como simulacro; y sobre el “apantallamiento” del mundo contemporáneo. Pero, en serio, esta entrada quiere ser apenas un comentario largo y nada más. Así que inserte aquí esa reflexión que probablemente ya sabe usted por dónde va.)

No obstante, a lo que quiero referirme brevemente en esta entrada es a un determinado uso de la imagen digital que, aunque no inédito, podría estar marcando cierta tendencia hacia algo así como -les dejo a ustedes las posibles precisiones conceptuales- una erotización del dominio imperial–fascista en el siglo XXI. 

Veamos, entonces, algunas imágenes que han circulado recientemente, en el curso de este tiempo presente, dizque cosmopolita, liberal y tal. 

¿Las vieron? Son todas demostraciones de fuerza que banalizan el dominio imperial y lo integran dentro de una matriz estética de repetición y fluidez incesante, de la que TikTok nos tiene tan acostumbrados. Pero, sobre todo, son imágenes que erotizan la opresión imperial–fascista.

Lo que quisiera enfatizar es que, aunque a lo que llevamos del siglo no le hace falta ni un poco más de brutalidad, violencia gore y terror explícito -el genocidio en Gaza ha marcado un nuevo punto de nuestra decadencia civilizatoria-, todas estas representaciones visuales ilustran, sin ningún tapujo, las pulsiones (auto)destructivas y de muerte del imperio. Es decir, son vehiculizaciones erótico–estéticas de las fantasías del amo, y es el amo mismo -el trumpismo, el imperialismo gringo- quien las produce y al mismo tiempo, habilita un circuito ampliado de circulación mediática.

He aquí, quizás, lo que hay de novedoso en estas estrategias narrativas: muestran la desinhibición absoluta de las fantasías tanáticas del amo. Del imperialismo reivindicando su estatuto de Príncipe, o, lo que es lo mismo, de soberano. Es la “voluntad de muerte” de un nuevo mundo basado en la dueñidad como forma de gobierno.

Me dirán ustedes que no es la primera vez que la imagen está a disposición de los usos imperiales, y tienen razón. Berger afirma que fueron los nazis los primeros en utilizar la fotografía como un medio sistémico de propaganda. En la misma dirección, Walter Benjamin señala la forma en que el fascismo apuesta por una “estetización de la política” como estrategia para mistificar su proyecto político. No obstante, el nuevo matiz que las ultraderechas contemporáneas podrían estar activando en torno a la imagen tiene que ver no ya con la fascinación por lo “sublime” o lo “heroico” del amo, sino con la identificación política y erótica con su capacidad de producción de muerte. La imagen imperialista y fascista contemporánea es la del soberano gozando la destrucción de las condiciones mismas que sostienen la vida -sin racionalidad económica o política de fondo- y su reproducción como modelo aspiracional para la humanidad.

Veamos, ahora sí, la imagen que desde un principio me detonó todo esta reflexión y que según yo, permite vislumbrar un poco más lo que vengo señalando. Esta es la imagen de la captura el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que publicó el mismo Trump en su red social llamada Truth Social (sí, así se llama).

Una interpretación crítica de esta fotografía ha sido ya elaborada por Milagros Cardozo, y coincido con ella cuando escribe: 

“En otros contextos, una imagen de este tipo podría ser presentada como una incursión ilegítima, una violación del derecho internacional o una acción inadmisible. En manos de Estados Unidos, en cambio, la escena se inscribe mayoritariamente en un registro de ‘orden, procedimiento y normalidad’”. 

Lo que quisiera agregar a este valioso análisis -con la esperanza de que este aporte tenga sentido- es que esta imagen, aunque inscrita en un archivo visual previo de América Latina como territorio de conquista e intervención, escenifica un modo específico de advertencia imperial, pero también una escena de (auto)erotización imperial–fascista. 

Un antecedente de esta imagen puede encontrarse en el análisis que Berger realiza sobre el asesinato del Che Guevara ​[4]​. 

Berger analiza la fotografía y la compara con el Cristo muerto de Mantegna por su gran similitud (observen el leve giro de la cabeza, el aire de cadáver, la posición de los brazos y las manos, entre otros detalles) para finalmente afirmar de forma lapidaria: “La similitud no debe sorprender. No hay tantas formas de exhibir a un criminal muerto”. 

Maduro no es Cristo, ni mucho menos el Che Guevara, y sobre eso no hay mucho que discutir. Lo que sí considero clave resaltar no es únicamente que la imagen de Maduro secuestrado, compartida por Trump, comparta la misma gramática de control y amenaza imperial; es que se trata de una imagen que, como señala Berger, se vuelve extensiva a cualquier otro sujeto o población susceptible de ser sometida a los intereses del neoemperador. Pero, además de esto -y quizás aún más interesante-, la imagen comporta también el ejercicio de exhibición de la pulsión mortífera del imperio y de su pretensión de dueñidad del mundo. 

Es decir, el nuevo uso imperial del registro visual produce un signo de goce mortífero y, en articulación con otros ensamblajes visuales, constituye una erótica y una estética de la muerte. Es la representación de un nuevo soberano que, parafraseando a Foucault, se vanagloria estéticamente de su capacidad de “hacer morir”, someter y explotar. Como resume muy bien un querido amigo, es una “época que parece identificarse con lo monstruoso de un poder sin renuncia ni límite”. 

Ahora bien, la contraparte que escapa a este pequeño comentario -que desde hace algunos párrafos ya no es tan breve- es bajo qué operación el gesto sádico, monstruoso y sin contención simbólica del imperio se transformó también en un modelo visual de identificación erótica, capaz de permitir que una parte considerable de la población experimente su propia destrucción como un goce estético irrenunciable. Esta cuestión está aún por responderse de manera certera; quizás Bifo Berardi y Lacan tengan mucho que aportar al respecto. 

Para finalizar, ¿se acuerdan ustedes de las imágenes filtradas sobre la tortura a presos en Irak o sobre los tratos a los detenidos en Guantánamo? Todos fueron eventos de escándalo, objeto de debate público. Hoy mismo, si imágenes similares volvieran a salir a la luz pública, difícilmente provocarían sorpresa o conmoción colectiva; más bien funcionarían como escenas celebratorias del imperio, afirmadas sin ningún complejo. Y esto es, en el fondo, lo que he querido decir hasta ahora. 

Quizás se esté construyendo, junto con las mutaciones de la ultraderecha contemporánea, un “nuevo” régimen visual en el que todxs gozamos viendo gozar al amo. 

Y esto es lo que yo les quería comentar. Tan solo una provocación construida muy a tientas. 

​​1. Thomas, J. The Politics of Vision and the Archaeologies of Landscape. In Landscape; Routledge, 1993. 

​2.  Steyerl, H. En caída libre: Un experimento mental sobre la perspectiva vertical. In Proceedings of the Lecturas para un espectador inquieto: arte actual, 2012, ISBN 978-84-451-3443-6, págs. 78-95; CA2M Centro de Arte Dos de Mayo, 2012; pp. 78–95. 

​3.  Sontag, S. Sobre la fotografía; Debolsillo, 2008; ISBN 978-84-8346-779-4. 

​4.  Berger, J. Understanding a Photograph; Dyer, G., Ed.; Penguin classics; Penguin Books: London, 2013; ISBN 978-0-14-139202-8. 

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